El gol que ha significado la clasificación de Francia para el Mundial 2010 ha abierto la caja de Pandora. De repente, ha salido al exterior toda la ira, toda la rabia contenida. Todos nos llevamos las manos a la cabeza con la misma determinación con la que Henry llevó la mano al balón para, en un malabarismo digno de circo, elaborar la jugada decisiva. Es vergonzoso. Indignante. Sí, todo lo que quieran. Pero ¿nos debería extrañar?
Hace tiempo que el fútbol entró en la vorágine de anteponer la victoria a cualquier otro condicionante. No importa el deporte, no importa el espectáculo. Sólo ganar. En este sentido, no deja de ser un reflejo de la vida. Si podemos sisar en la compra, ¿lo hacemos? Si podemos beneficiarnos de los recovecos del sistema, de huecos en la ley, ¿no lo hacemos? Según a quien benefecie el hecho, unos lo llaman picardía, y otros lo llamarán trampas.
El problema es que se pretende dar al fútbol un hálito idealista que no tiene. Queremos que el deporte sea mejor que la vida, que las posibles trampas que existen en nuestra rutina diaria no existan en la competición deportiva. Pero nos olvidamos de dos cosas. Por un lado, que al mismo tiempo también deseamos a toda costa la victoria de los nuestros. Y por otro, que el deporte no es ya una actividad amateur, sino profesional. Y los profesionales que en ella trabajan quieren, al igual que el común de los mortales, fortuna y gloria. Muchos de ellos, incluso, sencillamente ganarse la vida como cualquier hijo de vecino. Y si para ello tienen a su disposición trucos y triquiñuelas, la tentación de usarlas es demasiado fuerte. Entonces surgen los engaños a los jueces; el dopaje; cualquier otro medio de mejorar resultados a nuestro favor. Añadan ustedes lo que les plazca.
Aunque se dice que excusa no pedida, culpa admitida… me van a permitir que ponga por delante que no me gusta la acción de Henry. Me parece triste, deleznable incluso. Debería ser castigada de alguna forma. Es algo tan evidente que hasta la repetición de partido, algo de lo que normalmente no soy partidario, me parecería correcta. Con todo, la criminalización del jugador me parece algo exagerado e hipócrita. Ha hecho trampa, y punto. Merece una sanción acorde al reglamiento que ha infrigido. Pero no caigamos en la hipocresía. Los irlandeses no dirían nada si uno de sus jugadores hubiera recurrido a lo mismo. Nosotros, tan airados ahora, echando pestes contra Thierry, Platini, Sarkozy, Asterix y todo lo que huela a francés, sonreiríamos de manera cómplice si hubiese sido Villa, por ejemplo, el “malabarista”. Nos escudaríamos en las circunstancias del juego, en que el árbitro no vio la jugada, en que son las cosas del fútbol.
Henry no ha hecho otra cosa que lo que hicieron en su momento compañeros suyos de profesión: Raúl, Messi, Agüero… por no hablar del evidente Maradona. O lo que hacen los que se tiran dentro del área simulando un derribo. O los que pierden tiempo. O los que exageran la consecuencia de una entrada del rival buscando la sanción del mismo. Vulneran el reglamento con la esperanza de que el árbitro no les pille o no les sancione. Algunos lo hacen de forma inconsciente o instintiva, otros con premeditación y alevosía. Pero todos buscan lo mismo. Mejorar el rendimiento de su profesión, conseguir ventajas. Como intentamos hacer todos. Unos seguiremos las reglas, y otros caeremos en la tentación de romperlas con la esperanza de que no nos descubran.
Más grave me parecería que Henry hubiera hecho lo que hizo sabedor de que no iba a ser sancionado. Que el árbitro tuviera instrucciones al respecto. Que el partido hubiera estado amañado, vaya. Entonces el escándalo sería monumental… aunque viendo lo que se avecina con el posible desvelamiento de amaños de partidos para beneficiar a casas de apuestas, no sería de extrañar… Sin embargo, entretanto, y a falta de ninguna prueba, la presunción de inocencia debe ir por delante.
Si debemos orientar la ira hacia algún lado, empecemos por las autoridades que han permitido que esto ocurra. Hacia el árbitro que no cumplió con su trabajo y no anuló la jugada. Hacia FIFA, por no tomar cartas en el asunto. Y, si me apuran, hacia nosotros mismos, que en otros casos, si la situación nos beneficia, miramos gustosos hacia otro lado o sonreimos socarronamente. Y, eso sí, luego pretendemos que el fútbol, el deporte, sea ese mundo utópico, virginal y puro.
Pues no, damas y caballeros. El deporte está demasiado integrado en nuestra vida ya para ser ese remanso de honradez que le exigimos. Tiene todo lo bueno de la vida, pero también todo lo malo. O lo aceptamos o acabaremos demasiadas veces decepcionados. Lo único que podemos hacer es confiar en que, como en la vida, repito, la mayoría de los profesionales son honrados y en que las trampas sean descubiertas y castigadas. Pero no le pidamos peras al olmo…







